Despierto, desde ese minuto ya sé que debo hacer en cada segundo siguiente de mi día, sin embargo no llega a ser monotonía, de hecho a segundos feliz a esta buscaría, ya que la tranquilidad no llega a mi vida, y ya no sé dónde buscarla, donde buscar esa zona libre de culpas.
La niña baja las escaleras y camina por inercia siguiendo una rutina, sin embargo el sol huye de las nubes por un segundo haciendo que sus rayos atraviesen una ventana y atacando a la joven la cual de pronto ve algo que brilla, pero las nubes recuperan su territorio y la sombra vuelve a reinar, la joven se acerca, el sol hizo brillar una navaja, ella la admira y por alguna razón la guarda, algo ha hecho cambiar su rutina.
De nuevo la misma calle, de nuevo los mismo edificios, el mismo sonido de las maquinas, la misma aroma a tinta, y ese edificio, el mismo al que he querido entrar desde siempre, y el mismo al que jamás me he atrevido, pero bueno, tengo que asumirlo, soy una completa extraña en este mundo, mas bien soy una extranjera, o una exiliada, que en realidad no pertenece aquí, y se ve obligada a permanecer, así que estará bien si entro... ¿comienzo a caminar hacia la entrada? Esta bien no hay nada mas que hacer, mas que... entrar, entrar un una fabrica abandona, fría, oscura, y con un ambiente de tristeza y pesar en el aire, algo me lleva a palpar mis labios, algo me hace sentir en el tacto, algo que había olvidado, algo hace que me de cuenta que estoy sonriendo, me acerco a una ventana para reflejarme, para ver una sonrisa, pero no es a mi a quien veo, veo la calle, la misma calle desierta que cruce por años, con un lindo color primavera que la tiñe, con mucha gente transitándola y con aquel gato castaño mirándome fijamente desde afuera. Ahora me doy cuenta que en realidad no se nada, que sí había logrado lo que tanto había anhelado, vivir en mi mundo, todo este tiempo estuve ahí, y no fue feliz, jamás hallé el hogar que decía que habría ahí, y que lo que siempre quise saber, el lugar que después de años me atreví a visitar era la salida.
La niña toma la navaja y la mira, pasa su lengua lentamente y luego refleja su rostro en la brillante hoja. De verdad estaba sonriendo, mas aun, estaba riendo, se dejo caer contra una pared y comenzó a reír despreocupadamente, mientras jugaba, esos infantiles juegos con la navaja, esta avanzaba por sus brazos dándole una grata sensación de cosquilleo, y haciendo que un color escarlata oscuro se deslizara cubriendo sus brazos y todo lo que estos tocaban, la niña ya exhausta de reír solo deseaba descansar, había al fin entendido tantas cosas, cosas que le hicieron ver que lo que ella deseaba saber no importaba en realidad, antes de cerrar sus ojos vio que frente a ella había un espejo roto cubierto por una manta empolvada, de alguna forma la manta de deslizo y alguien que la veía desde el espejo pregunto “¿Cual es tu nombre jovencita de luto?”
Cuando fue la ultima vez que lo pronuncie ya no lo recuerdo... Mi nombre es Fernanda.
Diciendo eso la joven se durmió con una sonrisa y jamás nadie volvió a entrar a aquella fabrica, la cual siempre fue custodiada por un gato castaño, con una triste mirada, pero para quien la viera nada expresaba, y que seguía esperando, que la niña regresara.
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